A veces preparamos comida (bocatas) y cenamos allí.
Un día hicimos una cena especial: sushi. Para comer en la playa no es muy cómodo, pero
sí romántico.
Mientras cenamos, miramos el mar y el cielo como uno igual.
Allí donde se acaba la arena empieza un abismo de oscuridad y estrellas. Es
como no observar nada, trae paz y tranquilidad.
Es mucho más bonito cuando la luna acecha el mar, en el cual deja un rastro como la cola de un vestido blanco de seda acompañando las olas del mar.
A las 11 ya es hora de irse, y volvemos por donde hemos venido, esta vez subiendo por la calle del mar y por sus callejones, que a esas horas está desierto. De noche esas calles me parecen muy bonitas.
Por último, pasamos por una headería cerca de su casa, donde hacen unos helados deliciosos. Nos sentamos en un banco de un parque, para terminar el ritual de esas noches tan bonitas.